La cosecha que vengo a compartir hoy aquí, en este nuevo capítulo de laleedora.com, ha sido juez y parte de las herramientas que he seleccionado intencionadamente para transitar los tiempos que corren: arte y filosofía. Porque bebo de una belleza sublime en el arte de la filosofía. Mi hambre por arte y filosofía ha ido en aumento, desde que ciertas transformaciones se han ido tomando mi cuerpo y mi alma.
Algo encuentro de paradójico en el recorrido que hice de este libro y/o que el libro hace de mi. Siempre me ha interesado la palabra como medio para cristalizar lo que sucede dentro y para leer lo que sucede fuera. Sin embargo, cuando el autor del libro deja caer que “el lenguaje es pensamiento humano fosilizado”, detengo sorprendida mis dedos sobre el teclado y vuelvo a enamorarme del espacio del silencio y de las posibilidades que abre para el pensamiento. Y eso me ha hecho demorarme en venir a jugar aquí.
Y, claro, dudo de toda actividad que fosilice lo humano, porque me atrae todo aquello que nos humaniza. Deshumanizaciones tal vez ya tenemos bastantes. Por eso el título del libro me cautivó de entrada: “Humanidad. Solidaridad con los no humanos”. ¿Quiénes son los no humanos a los que se referirá el libro? Hace unos años, dos para ser exacta, vengo probando una alimentación humana pro-vegana, en ese orden. Por eso la pregunta por las relaciones que entablamos con aquellos que no son de nuestra propia especie me inquieta. En particular, porque me funciona como un espejo de las relaciones que tenemos entre nosotros y con nosotros mismos. Y eso me resulta francamente fascinante de leer y de escribir y de describir.
Paso a continuación a jugarme en esta publicación, agregando letras con mis observaciones y reflexiones despertadas por las letras, observaciones y reflexiones del autor, un filósofo.
Animadas todas y cada una de ellas por el norte que encuentro en lo siguiente . . .

“La economía es el modo en que las formas vivientes organizan su goce.” Y si hay una relación que me parece curiosa es la que tenemos con la economía, el cuidado de la casa, como dicen. Hace unos días se cruzó por mi pantalla la expresión “economía sagrada” y la mezcla de dos cuestiones que me parecían a primera vista tan distintas me cautivó. He estado leyendo de eso de la mano de Felipe Mardones y Charles Eisenstein, descubriendo lo sagrado en la economía (¿y la economía de lo sagrado?). He estado observando, que es de las cosas que a laleedora que soy más le acomoda hacer, cómo organizo mis propios goces y cómo lo hacen quienes habitan a mi alrededor. No han sido tiempos fáciles para el goce, para muchos. Para otros sí lo han sido, creo que es necesario tenerlo presente. Sea cual sea el modo, tal vez nos venga bien, dados los excesos que nos rodean, re-evaluar cuáles nos convienen y cuáles son los costos que nos traen. Porque, veganismo y megacrisis climática/política/social aparte, no da lo mismo la forma en que organizamos nuestros goces. No da lo mismo para nosotros, para ellos y para el planeta que compartimos. Y aquí no venimos a hablar de veganismo, en todo caso. Al menos no explícitamente.
“La ciencia nunca puede hablar directamente sobre la realidad, solo sobre la información.”
Cuando uno se pregunta por la realidad, entonces, ¿con quién dialoga?
Y no sé si a ti te pasa, pero a mí me pasa que de información ya tengo bastante. Infoxicación le dicen. La sufro. Entonces, como una medicina, canto mantras, leo libros y escribo.
“Adorno afirma que el verdadero progreso parece una regresión.”
Esta idea se me ha quedado prendida del ribete del ojo con el que observo hacia dónde nos dirigimos como civilización. Me está aportando luces para tomar decisiones que me brindan paz y calma, respecto de la relación con la tecnología especialmente. De verdad en esta cultura de excesos que vivimos, regresar a menos, me viene generalmente bien. Llamar por teléfono, privilegiar los intercambios en vivo y en directo, mirar a los ojos, escuchar profundamente, guardar silencio y privacidad, por ejemplo.
“¿Quizás debamos reimaginar la solidaridad sin el hecho de tener algo en común?”
¿Con quiénes nos sentimos llamados a ser solidarios? Si mi relación con otros está mediada por lo que tenemos en común, qué pobreza de relaciones tenemos. Y qué largo el camino que nos queda por recorrer, para volver a enamorarnos de nosotros mismos y del planeta.
“Un algoritmo es “estilo” humano automatizado.”
Me cuesta la relación con los algoritmos, se ma hacen ajenos, extraños, extranjeros. Quizás también añejos, reparo ahora. Y sin embargo, el filósofo en estas letras me recuerda que son creaciones humanas, nuestras, siempre. Así, la dulce voz que sale del portal del estacionamiento, que me saluda amablemente al entrar al parking del edificio donde trabajo, quiero creer que alguna vez fue una voz humana. Sigo prefiriendo lo humano, a lo automatizado. Aún con todos sus matices. Precisamente por ellos. Y pre-sufrimos y pre-sentimos la extinción de tanto de lo humano, con consecuencias tremendas, como leía esta mañana cómo la desaparición de las cajeras de los supermercados supone la pérdida de las últimas interacciones sociales que les venían quedando a adultos mayores en algunos países que crean instituciones para lidiar con el problema de la soledad no deseada.
Frente a los algoritmos y al pensamiento fosilizado, me quedo con la creatividad y simplicidad humana de iniciativas como la de una mujer colombiana que creó un muñeco abrazador, que en su porcentaje más alto fue regalo de adultos hacia adultos durante la pandemia.
“La basura no se va “allá afuera” simplemente se va a otro lugar; el capitalismo ha tendido a crear un “allá afuera” que afortunadamente ya resulta impensable.”
Basura es aquello que no se desea o se considera inservible. Mientras veo videos en youtube de “basura cero”, observo a mi pareja compostar y reflexiono en la relevancia de la funcionalidad de la caca (heces), me quedan inquietudes crudas sobre qué es lo que consideramos como basura, sobre lo que deseamos y la funcionalidad de aquello con lo que nos relacionamos y con quienes nos relacionamos. Me asalta, entonces, la infeliz imagen de un compatriota enfurecido, entrevistado a propósito de la inmigración en nuestro país. Sólo lo dejo enunciado. Sé que será un tema al que volveré una y otra vez entre estas líneas. Aún necesito leerlo más y mejor (el tema de la inmigración). En todo caso, bienvenidas las reflexiones inquietas sobre lo que es y no es basura y sobre qué hacer con ella. La basura que se puede sacar del cuerpo y la basura que va por dentro, en particular esa, que se transforma y nos transforma por lo demás, en seres parte de un ecosistema que está fuera y dentro.
“Cada vez que hay esfuerzo la solidaridad se desvanece.”
Bienvenidas las comprensiones recientes que me visitan y me visten en torno a la necesidad de soltar la veneración de los esfuerzos. ¡Bravo! ¡Soltemos los esfuerzos! No al esfuerzo. Sí a la fuerza. Que es otra cosa. De eso quiero vestirme, de fuerza. Por ahí es que aprendo a construirme un presente y un futuro más humano y solidario. Y, definitivamente, más bello.
“Vivimos en una cultura de la muerte, una cultura del exceso -la pulsión de muerte de Freud es siempre un mecanismo de exceso.”
En una ocasión una persona esgrimió el siguiente argumento a propósito de las discusiones sobre el aborto: la vida no comienza, continúa. Algunos, cuando cumplen años, dicen “feliz continuación”. La vida continúa. La muerte también. La vida y la muerte se sientan a la misma mesa, he venido aceptando. Lo que me ha venido calmando. No sé si me sirve ya detenerme en la dualidad de la vida y la muerte. Ambas están presentes, siempre. Ergo, en nuestra cultura, me parece que ando viéndolas a ambas. O al menos eso es lo que necesito para no hundirme. De todos modos, necesito recordarlo, por eso lo dejo aquí, como carta de navegación que viene siendo la lectura siempre. Estamos llenos de excesos. ¿Qué duda cabe? ¿O cabe duda? Sólo puede ser un exceso en la medida en que tengo certeza de cuál es el límite. Más allá del límite excede. ¿Cuál es el nuestro? ¿Cuál es el límite de nuestra capacidad de excedernos? ¿Existe? ¿Es a ese límite al que nos estamos acercando, según los que creen que vamos directo a la extinción de la especie humana? Si el exceso es la cantidad de algo, que sobra con respecto a otra que se toma como referencia, ¿cuál sería nuestra referencia? ¿cuánta vida es suficiente? ¿cuánta muerte? ¿Puede excederse de vida? ¿Puede excederse de muerte? Muerte y vidas excesivas. Cómo agradezco este juego que hacemos aquí que abre sentidos nuevos para seguir jugando.
“La belleza es siempre una carta de amor de alguien desconocido.”
Si las ideas que cosechamos cuando leemos fueran joyas, esta es un diamante precioso y preciso. Sobre todo para esta temporada que atravesamos. Gracias una vez más a las profesoras y a los libros que, cuando era una niña, me enseñaron a leer y a recoger tanta belleza que ha rodeado mis días y mis noches. Gracias a todos los encuentros, con los humanos y con los no humanos, que han desarrollado mi sensibilidad a los susurros de sus cartas. ¡Vivan los buzones desconocidos repartidos!
“Debido a la interconexión, parece que siempre falta algo. Algo simplemente no encaja de una manera inquietante … no podemos desplegar una compasión perfecta. Ser amable con un conejito significa no ser amable con los depredadores de los conejitos.”
Y bueno, como la filosofía se encarga siempre de constreñirnos a enfrentarnos con nuestros propios límites, como dice otro filósofo (G. Agamben), dejo esta cosecha que nutre mi pensamiento crítico y pasión por el arte de la filosofía, ese amor a la sabiduría que me inunda. En la intención de preservar las complejidades que forman parte de nuestros mundos estoy. Recuerdo a una mujer que decía que no existen las cosas simples, sino solo las simplificadas. Y, bueno, me viene bien recordar que esa forma interdependiente de existir que tenemos, reviste misterios inquietantes. Afortunadamente.
“Qué tal si la preocupación por el antropomorfismo es en sí misma un ejemplo perfecto de cierto comportamiento humano llamado antropomorfismo.”
Recuerdo cuando comencé a aprender mindfulness o atención plena, que me visitó una imagen de un ser humano mirándose el ombligo. Cuando olvido que somos uno, mi ombligo es sólo mío. Cuando recuerdo la interconexión inquietante de la cual no podemos escapar, el desprecio por lo antropomórfico se me desvanece. Aún no lo resuelvo del todo. Por eso leo y leo y leo. Sucede que, a veces, es tanta la inquietud que hay en mi ombligo.
“La utilidad está enormemente sobrevalorada.”
Uno de los libros que me ha acompañado este año era sobre lo que se considera inútil, por algunos, que sirve a propósitos sublimes para otros. En él se ensalzaba el arte y la poesía, claro. ¡Viva lo inútil! ¡Viva en lo inútil!
El libro se llama “Humanidad. Solidaridad con los no humanos”
Lo escribió el filósofo Timothy Morton
Se publicó el año 2019





